Cuando quiero postear un poema, siempre empiezo los posts aclarando que no tengo ni idea de poesía, así que hoy no iba a ser diferente. Hasta hace un par de meses (quizá tres) no había oído hablar jamás de Ángel González. Una amiga a la que le gustaba muchísimo me pasó un enlace con un montón de poemas suyos, y leí unos cuantos. De todos ellos, me llamó especialmente la atención el que publico hoy aquí. Soy consciente de que ello no tiene ningún mérito, porque parece ser una de sus piezas más conocidas y admiradas por sus seguidores.
Ayer me enteré de que Ángel González acababa de morir a través del blog de una de mis alumnas de escritura creativa. No sé si me llamó la atención por la noticia en sí o por el hecho de que a ella también le gustara tanto, y porque hubiera escogido citar este mismo poema. Pero el resultado es que me puse muy triste.
Hoy he leído este poema por lo menos diez veces seguidas. Y cuanto más lo hago, más me gusta. Espero que vosotros también lo disfrutéis.
ME BASTA ASÍ
Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
entonces,si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas…
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).